jueves, 27 de diciembre de 2012

Capítulo siete:

-Hola.- Me dijo Gonzalo.
Se le notaba muy distante, pero le entendía perfectamente porque yo había pasado por lo mismo justo el día anterior. ¿Sólo habia pasado un día? Madre mía, pues sí, parecía que hubiesen pasado como dos semanas, pero en realidad sólo habían sido poco más de veinticuatro horas. A decir verdad, me sorprendí y avergoncé de lo poco que me había preocupado por el hecho de que mi abuela no siguiese en este mundo, pero deseché la idea de inmediato. Quería a mi abuela con locura, pero tenía que ser fuerte. Seguramente ella lo habría querido así.
De repente, volví al mundo real y me alivié al ver que Gonzalo estaba sumido en los mismos pensamientos que yo.
Le dí un pequeño toque en el hombro y él, también se despertó de su lío de pensamientos.
-Oye mira...- Empecé. -Sé lo mal que lo debes de estar pasando, por eso yo estoy aquí para ayudarte. Te lo prometo.
-¿Qué te crees? No eres mi psicóloga ni nada por el estilo, muchas gracias. Sé manejarme yo solo y no necesito a nadie.
Así que haz el amable favor de dejarme en paz, gracias.- Me respondió.
Me quedé clavada en el sitio, pero me recuperé rápidamente e hice caso omiso de lo que acababa de escuhar.
-El despacho de la Señora Montreal está por aquí.- Le dije, en un tono notablemente más hostil que el anterior.
Estuvimos andando en silencio hasta llegar al despacho de la Sra. Montreal.
Tardamos un poco más de lo normal en llegar porque me perdí varias veces, pero como no quería admitirlo, me fijaba de reojo en los mapas que había en algunos pasillos para orientarme.
Cuando llegamos al despacho, llamé a la puerta y le dije:
-Señora Montreal, es Gonzalo Díaz, el chico nuevo.-
-Ah si, hazlo pasar por favor. Danielle, ¿te importaría esperar fuera?- Preguntó.
-Para nada.- Le dije y salí de la habitación.
Estuvieron hablando durante un buen rato, yo mientras tanto, me senté a esperar en un sofá que había cerca de la entrada. Estuve pensando en lo brusco que había sido Gonzalo al hablarme, por una parte, era bastante normal, pero por otra, debería haber tenido también en consideración a los demás. También le estuve dando vueltas al tema de quela Sra. Montreal quisiese hablar con Gonzalo a solas cuando ella, en su reunión, había estado con Didi todo el rato. Con el aburrimiento de la tarde mepuse a pensar en cosas súper absurdas para pasar el rato con las que finalmente, acabé partiéndome de la risa.
¿Y si quería estar con él a solas para violarle?
¿Y si eran amantes secretos y se iban a escapar por un tubo escondido en un armario?
¿Y si Gonzalo era un traficante y estaban intercambiando marihuana en ese mismo momento?
Contra más disparatada era la idea, más me reía. Me parecía muy cómico imaginarme a la Sra. Montreal con gorra de chusma y cadenetas de oro colgando del cuello. O imaginármela loca de amor por el antipático de Gonzalo y huyendo al estilo Heidi saltando.
Cuanto más me imaginaba, más me reía y pensé que iba a tener que buscar un baño dentro de poco como no se diesen prisa en salir. En ese mismo instante, la puerta se abrió y salió Gonzalo acompañado de la señorita Montreal.
-Danielle, ¿puedo hablar contigo un momento?- Me preguntó la señora Montreal.
-Por supuesto señora.- Le contesté, y la acompañé dentro.
La señora Montreal cerró la puerta y volvió a su sitio, yo me senté en una de las sillas que había delante suya e intuí que en esa misma se había sentado Gonzalo puesto que estaba todavía algo templada.
-Mira Danielle, vas a tener que perdonar a Gonzalo, está muy alterado por la muerte de su madre y le va a costar un tiempo adaptarse. Sólo era eso, que intentes ayudarle en todo lo que puedas, que ya más tarde se dará cuenta de lo mucho que le has ayudado. Es lo único que te pido.-
-Por supuesto, confíe en mi.- Le respondí.
La Sra. Montreal asintió levemente con la cabeza y se dirigió a la puerta para abrirla.
-Muchas gracias Danielle.- Me dijo. Y con eso, abrió la puerta y salí fuera, donde me esperaba un chiquillo rebelde y alteradísimo por la muerte de su madre.
-Bueno... ¿vamos?- Le pregunté.
Gonzalo se limitó a asentir levemente la cabeza y a seguirme. Cuando llegamos a la habitación 174 me quedé mirando a Gonzalo esperando a ver si abría la puerta. Se esperó un rato en silencio y después, lentamente, se metió la mano en un bolsillo y sacó la llave.
-Hazlo más lento, a ver si nos morimos en el intento.- Le dije.
Gonzalo me echó una mirada asesina, pero se dió un poco más de prisa.
-Gracias.- Le dije al ver que me cedía el paso para entrar, al menos le quedaban algo de modales.
La habitación era prácticamente idéntica a la mía por lo que supuse que la ropa y lo que necesitaba se encontraría en los cajones.
-Oye Gonzalo, la ropa y todo lo que necesites se encuentra en los cajones; es un poco confuso al principio, pero si rebuscas bien acabas encontrándolo todo.- Le informé.
-Ah, vale... gracias.- Me dijo, relajando un poco la expresión.
-Si necesitas algo, estoy en mi cuarto. A las nueve y media paso a recogerte para que vayamos a cenar. ¿Vale?-
-Si... muchas gracias... em... Danielle.- Me dijo. Esta vez, la comisura de sus labios se elevó un poco, pero lo suficiente como para que me diese cuenta.
Le sonreí y volví a mi habitación, no era tan mal chico, lo que pasaba era que estaba solo en el mundo y no lo estaba aguantando bien, no era lo suficientemente fuerte como para soportarlo tranquilamente.

Una mariposa revoloteaba a mi alrededor, subía cada vez más alto y más alto hasta que estuvo tan cerca del Sol que empezaron a derretírsele las alas. Intenté gritarle a la mariposa, segura de que me entendería, pero en cuanto quise pronunciar una palablra, me entró un ataque de tos que me impedía respirar. En cuanto me desperté, descubrí a la mariposa muerta a mi lado y de repente, se transformó en mi abuela. Comencé a llorar incontrolablemente y cuando me desperté toda la almohada estaba llena de lágrimas.
Miré la hora, eran las nueve de la noche.
"Vale, tengo media hora antes de recoger al nuevo." Pensé.
Lo primero que hice, fue secarme las lágrimas y quitarle la funda a la almohada para ponerla a secar. Después de eso, me metí en la ducha para quitarme toda la suciedad del rímel que se me había pegado a las mejillas.
Tardé veinte minutos en ducharme y cinco en vestirme. Me puse los mismos vaqueros de antes y una camiseta ancha de rayas azules y blancas.
Mientras salía, me miré a mí misma en el espejo; tenía cara cansada y debajo de los ojos se me había empezado a formar un círculo morado... mierda, ojeras...
Salí al pasillo y llamé a la puerta de Gonzalo, que me abrió la puerta rápidamente. Llevaba la misma camiseta que cuando había llegado, pero había cambiado los vaqueros por unos pantalones color crema.
-Hola.- Me saludó.
-Hola Gonzalo, ¿tienes hambre?- Le pregunté.
-La verdad es que no mucha, no.- Me respondió.
-Yo tampoco, a decir verdad.- Le comenté.
Me dí cuenta de que a Gonzalo también se le habían formado unas ojeras moradas idénticas a las mías. Aparte, me fijé que sus pestañas estaban todas unidas y empapadas en lo que supuse que habrían sido lágrimas.
-Oye, ¿qué te parece si en vez de ir a cenar nos quedamos aquí y jugamos a las cartas un rato?- Le pregunté.
-Pues me parece que una idea tan buena es imposible que se te haya ocurrido a ti.- Me dijo riéndose.
-¡Capullo!- Le grité, dándole un empujón. -Mira, si quieres buscamos una sala común, que seguro que hay y nos ponemos allí a jugar, ¿qué te parece?- Le propuse.
-¿Cómo que a buscar? ¿No conoces este sitio?- Me preguntó extrañado.
-Pues no cielo, no lo conozco porque yo llegué ayer.- Le respondí.
Gonzalo se quedó helado.
-¿Qu-quieres decir qu-que t-tu...?- Tartamudeó.
-Sí, mi abuela murió ayer.- Le contesté.

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